Manual de supervivencia para ser el invitado perfecto en una casa de verano

Hay dos tipos de personas: las que disfrutan de una invitación a una casa de verano… y las que, sin darse cuenta, hacen que esa invitación no vuelva a repetirse.

Pasar unos días en la casa de un familiar o de unos amigos es uno de los grandes placeres del verano. Pero compartir techo también requiere un poco de sentido común. No hace falta llevar un libro de protocolo bajo el brazo; basta con aplicar unas cuantas normas no escritas que todo anfitrión agradecerá.

Recuerda que estás de vacaciones… pero la casa no es un hotel

Es fácil relajarse cuando alguien abre las puertas de su casa. Sin embargo, recoger la mesa después de comer, hacer la cama o dejar el baño como te gustaría encontrarlo son pequeños gestos que marcan una gran diferencia.

Nadie espera que te pongas a limpiar la casa de arriba abajo, pero sí que contribuyas a que todo funcione con normalidad.

El frigorífico no se rellena por arte de magia

Ese helado que apareció por la noche, las bebidas frías o el desayuno preparado cada mañana tienen un coste.

Una buena costumbre es llegar con algún detalle, ofrecerse a hacer la compra o sorprender a los anfitriones con una cena. No se trata de compensar económicamente la estancia, sino de demostrar agradecimiento.

Pregunta antes de invitar a alguien más

«Solo viene un momento» es una frase que puede cambiar por completo los planes de quien te ha invitado.

Antes de llevar amigos, familiares o incluso mascotas, lo mejor es consultarlo. La casa es de quien la presta y las normas también.

Respeta los horarios… aunque estés de vacaciones

No todo el mundo tiene el mismo concepto de descanso.

Si madrugas para ir a la playa o trasnochas viendo las estrellas, intenta que el resto de la casa no tenga que seguir tu mismo horario por obligación.

Cada casa tiene sus costumbres

Hay quien entra descalzo, quien prefiere cerrar los toldos al mediodía o quien riega las plantas al caer la tarde.

Observar cómo funciona la casa y adaptarse a esas pequeñas rutinas suele ser mucho más sencillo que intentar cambiarlas durante unos días.

Si rompes algo, dilo

Los accidentes ocurren.

Un vaso roto, una sombrilla que salió volando o una silla que cedió con el paso del tiempo no suelen ser un problema. Lo que realmente molesta es descubrirlo semanas después.

La sinceridad casi siempre cuesta menos que el silencio.

Ayuda sin esperar que te lo pidan

Poner la mesa, recoger después de una comida, sacar la basura o preparar el café son detalles que alivian el trabajo del anfitrión y hacen que la convivencia resulte mucho más agradable.

Muchas veces, la mejor ayuda es la que se ofrece antes de que alguien tenga que pedirla.

Y cuando llegue el momento de marcharte…

Deja la habitación ordenada, revisa que no olvides nada y despídete con un simple «gracias». Si además envías un mensaje unos días después recordando lo bien que lo pasaste, es muy probable que el verano que viene vuelvas a recibir esa llamada que empieza con un: «¿Os animáis a venir unos días?».

Porque, al final, ser un buen invitado no consiste en seguir un protocolo complicado. Consiste en hacer que quienes te abren las puertas de su casa sientan que volverían a hacerlo sin pensárselo dos veces.

Imagen: Freepik

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